Los lunes por la mañana siempre eran los mismos: un poco de carreras, un poco de prisas, y alguien sin encontrar algo.
Ese lunes era el abrigo de papá. Papá buscaba su abrigo y mamá buscaba las llaves y Mei ya tenía sus zapatos puestos y esperaba junto a la puerta con la mochila al hombro, porque Mei siempre estaba lista antes que nadie.
Kenji, en cambio, estaba sentado en el suelo del recibidor con un zapato en la mano y el ceño fruncido.
El zapato no quería entrar en el pie.
O quizás el pie no quería entrar en el zapato.
En cualquier caso, no estaba funcionando.
—¡No! —dijo Kenji, y empujó el zapato con las dos manos.
El zapato cayó al suelo.
—¡NO! —dijo Kenji más fuerte, y lo volvió a coger.
Lo puso boca arriba. Lo puso de lado. Lo intentó por el talón. Lo intentó por la punta.
Nada.
Su cara empezó a ponerse roja. Su labio inferior empezó a temblar.
Mamá estaba ocupada con las llaves. Papá había encontrado el abrigo pero ahora no encontraba la cartera.
Mei los miró a ellos. Luego miró a Kenji.
Suspiró.
Se agachó.
—Kenji —dijo—. Para. Escucha.
Kenji la miró con los ojos brillantes, a punto de llorar.
—Los zapatos tienen un secreto —dijo Mei en voz bajita, como si le contara algo muy importante—. ¿Quieres saber cuál?
Kenji asintió, aunque el labio todavía le temblaba un poco.
Mei cogió el zapato del suelo. Lo puso bien: con la suela abajo, la apertura arriba.
—Mira. Las lengüetas del zapato —dijo señalando la parte delantera— son dos amigos. Y cuando quieren darse un besito, el zapato se abre y te deja entrar el pie. Así.
Abrió el zapato con las dos manos, separando la lengüeta. Luego se lo puso a Kenji en el pie con cuidado.
—Ahora tú aprieta.
Kenji apretó el velcro con la palma de la mano. CLIC.
Miró el zapato puesto. Miró a Mei.
—¡Besito! —dijo.
—Besito —confirmó Mei, muy seria.
Kenji quiso ponerse el otro él solo.
Tardó un rato. Lo puso al revés dos veces. Se le fue el zapato rodando una vez. Pero Mei esperó, sin quitárselo de las manos, sin hacerlo por él.
—Tú puedes —le decía cada vez que Kenji la miraba buscando ayuda.
Y al final, CLIC.
Kenji se quedó mirando sus dos zapatos puestos. Los miró como si fueran la cosa más increíble que había visto en su vida.
—¡Mei! ¡Zapato! ¡Solo! —gritó, y se puso de pie dando saltitos.
Papá apareció en ese momento con la cartera en la mano.
—¿Ha aprendido a ponerse los zapatos? —preguntó, mirando a Kenji saltando.
—Le he enseñado el truco mágico —dijo Mei, levantándose y ajustándose la mochila.
—¿Que truco? —preguntó papá.
Mei lo pensó un momento.
—El del besito. Es un secreto —dijo, y salió por la puerta hacia el colegio.
Papá la miró irse. Luego miró a Kenji, que todavía miraba sus zapatos como si fueran un milagro.
—Este truco mágico —le dijo al pequeño— te lo ha regalado tu hermana.
—¡Mei! —dijo Kenji, y señaló la puerta muy convencido.
Esa mañana, por primera vez, Kenji no lloró al llegar a la guardería. Estaba demasiado ocupado mirando sus zapatos.