A Mei le gustaba la hora de dormir.
Le gustaba desenrollar el futón con mamá, meter los pies debajo y escuchar cómo la casa se quedaba quieta. Le gustaba la lámpara de papel que mamá dejaba encendida en la esquina, que pintaba las paredes de un color anaranjado suave como el interior de un melocotón.
Lo que no le gustaba era la oscuridad después de que mamá apagaba la luz principal.
Porque en esa oscuridad, a veces, aparecían cosas.
Esa noche, Kenji dormía en su futón al lado del de Mei. Ya estaba a mitad de camino entre el sueño y la vigilia, con un brazo fuera de la manta y el oso de peluche aplastado debajo de la mejilla.
Mei miraba el techo.
Y entonces la vio.
En la pared, justo encima de la cómoda, había una sombra enorme. Enorme y oscura y con una forma que no era la forma de ninguna cosa normal. Tenía una cabeza redonda y unos brazos largos y se movía muy muy despacio con la corriente de aire que entraba por la ventana.
Mei se quedó helada.
—Kenji —susurró—. Kenji, despierta.
Kenji gruñó y se dio la vuelta.
—KENJI.
Kenji abrió un ojo.
Mei señaló la pared.
Kenji miró. Y en cuanto la vio, se metió debajo de la manta hasta las orejas.
—¡Monstuo! —dijo con voz apagada desde debajo de la tela.
Mei quería llamar a mamá. Quería gritar. Pero también... también había algo en ella que quería saber.
La sombra no se movía rápido. No hacía ruido. Solo estaba ahí, quieta excepto por ese movimiento lento, lento, lento.
Mei se sentó en el futón.
Metió la mano debajo de la almohada. El omamori estaba ahí. Lo apretó.
Respiró.
—No se mueve —se dijo a sí misma en voz muy bajita—. Los monstruos de verdad se mueven.
Miró la sombra. Luego miró la cómoda donde la lámpara de papel proyectaba su luz.
Y entonces lo vio.
El oso de peluche de Kenji. Estaba sentado encima de la cómoda, justo delante de la lámpara, con sus brazos redondos levantados porque había caído hacia atrás y había quedado apoyado en la pared así, con los brazos al aire.
El oso de peluche. Con sus brazos al aire.
Mei parpadeó.
—Kenji —dijo—. Sal de ahí.
Se escuchó un ruido apagado de protesta.
—Sal. Te digo que sal. Mira.
Lentamente, como una tortuga saliendo del caparazón, la cabeza de Kenji asomó por el borde de la manta.
Mei cogió el oso de peluche de la cómoda y lo levantó frente a la lámpara.
En la pared, la sombra enorme levantó los brazos.
Kenji abrió la boca.
—¡Oso! —dijo—. ¡El oso!
—El oso —confirmó Mei—. Era Señor Oso todo el tiempo.
Kenji se quedó mirando la sombra. Luego miró el peluche en manos de Mei. Luego la sombra otra vez. Y entonces hizo algo que Mei no esperaba: empezó a reírse.
Era una risa de esas que salen de la barriga, de dos años, un poco sin control. Kenji señalaba la pared y reía, y cuanto más reía, más movía los brazos, y cuanto más movía los brazos más se movía la sombra.
Mei lo miró. Y la risa de Kenji era tan contagiosa que tuvo que taparse la boca con la mano para no despertarlo todo.
—Kenji, para —susurró, aunque ya estaba sonriendo.
Estuvieron un buen rato haciendo sombras. Mei hacía un perrito con la mano, una serpiente, una flor. Kenji lo intentaba todo y le salía siempre más o menos lo mismo —una cosa con dedos— pero eso no le importaba nada.
—¡Pajalo! —susurró Kenji cuando Mei dobló los dedos en forma de pájaro.
Poco a poco, los susurros se fueron haciendo más lentos. Los párpados de Kenji cayeron. Se subieron. Cayeron de nuevo.
La mano de Mei todavía estaba levantada cuando él se quedó dormido, con la boca entreabierta y el oso de peluche apretado contra el pecho.
Mei bajó la mano despacio.
Pensó que era curioso cómo las cosas que dan más miedo a veces son las que más nos hacen reír cuando entendemos qué son de verdad.
Y con ese pensamiento, y el omamori bajo la almohada, se quedó dormida.