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La torre y el puente

Era sábado por la tarde y Mei llevaba mucho rato construyendo su torre.

No era cualquier torre. Era la Torre Más Alta del Mundo o, al menos, de la sala de estar. Había empezado con las piezas verdes para la base, luego las azules para el medio, y arriba, muy arriba, una banderita roja que papá le había ayudado a hacer con un palillo y un trozo de papel.

Mei la miraba orgullosa. Le había llevado casi una hora acabarla. Era perfecta.

Kenji dormía la siesta.

O eso pensaba ella.

Mei y la torre
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El sonido llegó antes que él: «¡Brum brum brum!»

Mei lo vio venir.

Un coche de juguete naranja que Kenji empujaba con las dos manos mientras corría por el tatami.

—Kenji, para. PARA. Hay una torre aqu—

Kenji corriendo con el coche

¡CRASH!

El coche naranja chocó contra la base verde. La torre tembló. Las piezas azules cayeron primero. Luego la banderita roja. Luego todo lo demás, en una cascada de piezas de colores que rodaron por el tatami en todas las direcciones.

Silencio.

Kenji miró las piezas con los ojos muy abiertos. Luego miró a Mei.

—¡Brum! —dijo, sonriendo.

La torre destruida
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Mei sintió que algo caliente y apretado le subía por el pecho. Quería gritar. Quería que Kenji supiera lo que había hecho. Quería que la torre volviera a estar entera.

Abrió la boca.

Y entonces llegó mamá desde la cocina.

No llegó corriendo. No llegó gritando. Llegó con las manos secándose las manos en el delantal, se sentó en el tatami junto a las piezas esparcidas, y no dijo nada durante unos segundos.

Mei cerró la boca otra vez.

Mamá llega al salón

—¿Qué ha pasado? —preguntó mamá, aunque ya lo imaginaba.

—Kenji ha tirado mi torre —dijo Mei. Le temblaba la voz un poco—. Me ha costado muchísimo hacerla.

—Ya lo veo —dijo mamá—. Era muy alta. ¿Cuánto tiempo te ha llevado?

—Casi una hora.

Mamá asintió despacio. Luego miró a Kenji, que seguía sentado entre las piezas mirándolas como si fueran lo más interesante del mundo.

—Kenji —dijo mamá con voz tranquila—, la torre de Mei, era de Mei. Cuando chocamos las cosas de los demás sin querer, eso duele.

Kenji arrugó la nariz. No estaba muy seguro de lo que mamá estaba diciendo, pero el tono lo entendía bien.

—¡Pu-pa! —repitió él, señalando a Mei.

—Sí —dijo mamá—. Duele.

Mamá explica a Kenji
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Entonces mamá hizo algo inesperado: cogió tres piezas del suelo y las puso una al lado de la otra.

—Mei —dijo—, ¿tú sabes por qué los puentes son más difíciles de derribar que las torres?

Mei frunció el ceño. No se lo esperaba.

—¿Por qué? —preguntó a pesar suyo.

—Porque tienen los pies en dos sitios. No se caen tan fácil —dijo mamá—. ¿Y si hoy, en vez de una torre, construyes un puente? Un puente necesita una arquitecta jefa. Alguien que sepa de verdad cómo se hace.

Mei miró las piezas. Miró a Kenji. Kenji la miraba con sus ojos muy redondos y la boca entreabierta, como siempre hacía cuando esperaba algo de ella.

—¿Kenji puede ayudar? —preguntó Mei en voz bajita.

—Solo si tú se lo enseñas —dijo mamá—. Tú eres la arquitecta jefa.

Mei se quedó pensando unos segundos. Luego se sentó en el tatami.

—Kenji —dijo con voz seria—. Escucha. Los puentes se hacen así.

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Tardaron mucho más de una hora.

Kenji no era el mejor ayudante: ponía las piezas al revés, las tiraba de vez en cuando, y en un momento dado intentó cruzar el puente con su coche naranja antes de que estuviera terminado.

—¡No todavía! —dijo Mei con paciencia—. Primero los arcos.

—¡A-cosss! —repitió Kenji, muy serio.

Cuando el puente estuvo terminado, no era perfecto. Era un poco torcido y un poco bajo. Pero tenía arcos, y dos extremos bien apoyados, y cuando Kenji pasó por debajo con su coche naranja haciendo «¡Brum brum!», no se cayó.

Kenji aplaudió con las dos manos.

Mei lo miró. Y a pesar suyo, sonrió.

—La próxima vez —le dijo a su hermano—, me preguntas antes de chocar.

—¡Peguntas! —dijo Kenji, asintiendo muy convencido.

Mamá, desde la puerta, sonrió sin que ninguno de los dos la viera.

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