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El omamori

Era por la mañana y el sol todavía estaba despertando cuando mamá corrió las contraventanas del cuarto de Mei.

—¡Buenos días, Mei-chan!, ¡Buenos días, Kenji-kun! —dijo con esa voz suave que tenía solo para las mañanas.

Mei abrió un ojo. Luego el otro. Y entonces lo recordó.

Hoy tocaba colegio.

Mei y Kenji durmiendo

Se quedó quieta un momento, mirando el techo. El colegio. El yochien, con sus pasillos que olían a plastilina y sus recreos donde los niños corrían gritando muy fuerte. Demasiado fuerte, a veces.

Bajó los pies del futón, los metió en sus zapatillas, y fue a desayunar. Pero no habló mucho.

Papá se dio cuenta.

Papá siempre se daba cuenta.

✿ ✿ ✿

Mientras Kenji aplastaba su tortilla con los dedos y decía «¡a-í-llo! ¡a-í-llo!» porque la tortilla era amarilla, papá se sentó al lado de Mei.

—¿Estás pensando en algo? —le preguntó.

Mei asintió despacio con la cabeza.

Mei hablando con papá

—En el recreo —dijo en voz bajita—. Los niños corren mucho. Y gritan. Y yo no sé dónde ponerme.

Papá escuchó sin interrumpirla. Eso era lo que más le gustaba a Mei de su papá: que escuchaba de verdad.

—Entiendo —dijo él—. ¿Y si te diera algo para llevarte al colegio? Algo pequeñito, que nadie pueda ver.

Mei lo miró con curiosidad.

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Papá buscó en el cajón de las cosas importantes —el mismo donde guardaba el pasaporte y el sello de la familia— y sacó algo pequeño.

Papá buscando en el cajón

Era un omamori: un amuleto de tela cosido con hilo dorado. Tenía un dibujo bordado: una flor de cerezo. Un sakura.

Imagen del Omamori

—Este omamori lo compré en el templo de Asakusa antes de que nacieras tú —le dijo—. Y ahora te lo doy a ti. Pero escucha: tiene un poder especial.

—¿Cuál? —preguntó Mei, con los ojos muy abiertos.

—Cuando lo aprietas con fuerza —explicó papá, tomándole la mano y cerrándosela suavemente sobre el amuleto—, te recuerda que eres valiente. No valiente de golpe, sino valiente de poco a poco. Valiente de dar un paso pequeño.

Mei lo apretó. Se sentía cálido en la palma.

Mei sujetando el Omamori

—¿Y si lo aprieto y sigo teniendo miedo? —preguntó, porque ella siempre preguntaba lo que pensaba de verdad.

—Entonces —dijo papá— es que eres valiente Y tienes miedo. Las dos cosas juntas. Eso es lo más valiente que existe.

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En la puerta del yochien, Kenji hizo su propia despedida: se quitó un zapato sin querer al intentar saludar con el pie, y se cayó sentado en el suelo con una carcajada. Mamá lo recogió entre risas.

Mei sonrió mientras miraba a mamá y a Kenji.

Mei entrando al yochien

Antes de entrar, metió la mano en el bolsillo de su uniforme y tocó el omamori.

Pequeño. Cálido. Suyo.

Respiró hondo y cruzó la puerta.

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El recreo llegó después del almuerzo. Los niños salieron corriendo al patio como un río que se desborda. Mei se quedó cerca de la pared, mirando.

Había mucho ruido. Muchas carreras. Muchos gritos alegres que a ella le resultaban un poco grandes.

Metió la mano en el bolsillo.

Apretó el omamori.

Mei y Hana

Y entonces lo vio: una niña sentada sola junto a las flores, dibujando algo en el suelo con una ramita. Tranquila. Concentrada. Como Mei cuando hacía sus puzzles.

Mei dio un paso. Luego otro. Luego otro más.

—¿Qué estás dibujando? —preguntó en voz bajita.

La niña levantó la vista. Tenía dos trencitas y una sonrisa pequeña.

—Un gato —dijo—. Pero me ha salido más bien un zorro.

Mei miró el dibujo. Era verdad. Tenía las orejas muy puntiagudas.

Mei y Hana

—A mí me gustan los zorros —dijo Mei.

—A mí también —dijo la niña—. Me llamo Hana.

—Yo soy Mei.

Y se sentaron las dos junto a las flores, dibujando zorros con ramitas, mientras los demás niños corrían y gritaban y el recreo seguía siendo ruidoso y grande. Pero desde allí, desde ese rincón pequeño junto a la pared, todo parecía un poco más manejable.

Mei y Hana
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Esa tarde, cuando papá fue a recogerla, Mei sacó el omamori del bolsillo y se lo mostró.

—Lo apretaste —dijo él.

—Sí —respondió ella—. Y funcionó. Di un paso pequeño.

Papá la abrazó fuerte.

—Eso es exactamente lo que hace —dijo—. Solo necesita que tú empieces.

Mei y papá
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