Había un cartel en el pasillo del yochien.
Mei lo había visto varias veces sin prestarle demasiada atención: un dibujo de dos niños con kimono blanco, uno lanzando al otro por el aire, y unas letras grandes que decían JUDO — CLASE PARA PRINCIPIANTES.
Pero ese jueves, algo la hizo detenerse.
Quizás fue el dibujo del niño volando.
Quizás fue que pensó en mamá.
Mamá hacía judo desde que era pequeña. Mei lo sabía porque había una foto en el salón: mamá con trece o catorce años, cinturón naranja, cara seria, postura firme. A Mei le parecía la foto más impresionante de todas las que había en casa.
—¿Me puedo apuntar? —le preguntó a mamá esa tarde, con el papelito del cartel en la mano.
Mamá lo leyó despacio. Luego miró a Mei.
—¿Tú quieres hacer judo?
—Quiero aprender a tirar a la gente por el aire —dijo Mei, muy seria.
Mamá tardó un segundo en responder porque estaba intentando no reírse.
—Eso es el judo, sí —dijo al final.
La primera clase fue un sábado por la mañana. El tatami del dojo olía a goma y a madera. Había seis niños más, todos con su kimono blanco que les quedaba un poco grande. A Mei también le quedaba un poco grande. Las mangas le llegaban casi a los nudillos.
El sensei —el profesor— se llamaba Tanaka y tenía el cinturón negro y una voz muy tranquila.
—En el judo —dijo— lo primero que se aprende no es a lanzar. Es a caer.
Mei frunció el ceño.
—¿A caer? —preguntó en voz muy bajita, casi sin querer.
—A caer bien —dijo Tanaka-sensei, mirándola—. Porque si sabes caer, ya no tienes miedo de intentar nada.
Practicaron la caída durante toda la clase. Ukemi, la llamaba el sensei: rodar hacia atrás, golpear el tatami con el brazo para que el golpe se repartiera, levantar la cabeza para protegerla.
Mei lo hizo mal las primeras cinco veces. Se tensaba demasiado. Le daba miedo tirar todo su peso hacia atrás.
Pero el sensei no la apuró. Solo decía: «Otra vez. Desde el principio.»
Y en la sexta vez, algo hizo clic en el cuerpo de Mei. Soltó los hombros. Confió en el tatami.
Y cayó bien.
—Eso es —dijo Tanaka-sensei.
Mei se levantó del tatami con las mejillas coloradas y algo parecido a un orgullo muy grande dando vueltas por el pecho.
De camino a casa, mamá la llevó de la mano.
—¿Cómo ha sido? —preguntó.
Mei pensó.
—He aprendido a caer —dijo.
—¿Y?
—Y creo que voy a volver el sábado que viene.
Mamá apretó su mano un poco más fuerte.
—Yo también iba los sábados —dijo—. Con tu abuela.
Mei miró la acera. Pensó en la foto del salón. En el cinturón naranja. En la cara seria de mamá con trece años.
—¿Cuánto tardaste en aprender a tirar a alguien por el aire? —preguntó.
—Mucho —dijo mamá—. Pero cuando lo conseguí, fue lo mejor del mundo.
Mei asintió.
Tenía tiempo.